—La única mentira que te he dicho es que me gustabas cuando en realidad ya
te quería —acaba confesando.
Al principio, noto una especie de sacudida muy fuerte, algo así como un
desgarro fortuito. Me llevo las manos al corazón y tiro con todas mis fuerzas de
la flecha que se me ha clavado en el centro del pecho, pero no puedo. Es
imposible. Y, entonces, bajo esta tormenta que nos ha calado hasta los huesos,
leo la verdad en sus ojos: esa flecha me acompañará durante el resto de mi
vida.
—¿Tú… me quieres? —le pregunto con la voz trémula.
Y, antes de responder, me dedica una mirada de adoración que no necesita
palabras.
—Sí, te quiero. Te quiero mucho. Muchísimo.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé. No puedo concretar el día, ni la hora, ni el momento en que me
enamoré de ti. Pero hace tiempo que eres lo único en lo que soy capaz de
pensar.
—¿Y por qué has sido tan imbécil conmigo?
Una sonrisa triste se dibuja en sus labios.
—Por eso mismo, porque soy un imbécil que lleva tanto tiempo controlando
los sentimientos que ha perdido la capacidad de expresarlos. Y porque tengo
miedo.
—¿Miedo de qué?
—De ti —susurra acariciándome la mejilla—. De esto. De que me desmanteles
por dentro.
—¿Y por eso te arrepentiste de haberme besado?
—No, Luna. No me arrepentí de haberte besado en ningún momento. Y tengo la
intención de hacerlo una y otra vez. Es inútil que siga resistiéndome. Ya no
puedo soportarlo más. No puedo soportar tenerte tan cerca y no poder tocarte.
Por eso necesitaba que estuvieras aquí esta noche.
—Creía que no vendrías, que estabas con ella.
—Solo estaba reuniendo el valor necesario para decirte de una vez por todas
que quiero estar contigo.
—Yo también quiero estar contigo —digo con una voz que ni siquiera
reconozco—, pero parece que lo tenemos todo en contra.
—A mí ya no me importa nada que no seas tú.
Las lágrimas vuelven a llenarme los ojos, pero, esta vez, provocadas por
una conmovedora explosión de belleza que me deja sin habla. Cuando la
posibilidad deja de serlo y es elevada a la hermosa categoría de certeza, asusta
tanto que paraliza.
Me quiere.
Y quiere estar conmigo.
Y yo tratando de huir de mi destino sin darme cuenta de que, en realidad,
me estaba dirigiendo hacia él como una kamikaze.
—Por favor, perdóname por todo el daño que te he hecho y quédate conmigo
—me suplica mientras me seca las lágrimas con la yema del pulgar.
Parpadea de forma compulsiva, escondiendo un miedo cerval detrás de sus
largas pestañas. Atrapo su mano y sus ojos se suavizan, se vuelven claros,
cariñosos.
—Oh, Eric… —sollozo—. Te perdono. Claro que te perdono. —Y, entregándome a
la inexorable anticipación del deseo y porque todos los caminos llevan a Roma,
trago saliva y le digo—: Y, ahora, sácame de aquí y llévame a algún lugar donde
pueda morir de sexo contigo.
Maldito síndrome de Estocolmo – Carmen Sereno
¡Este es el momentazo perfecto de un libro! Me encantan cuando los protas se confiesan su amor =)
ResponderEliminarEs el momento que siempre esperamos en los libros. Depués de tantas idas y venidas por fin llega y a nosotras nos hace felices.
ResponderEliminarBesos^^
Pedazo momento *O* ¡me encanta!
ResponderEliminarUn beso
Es un libro que quiero leer desde hace tiempo.
ResponderEliminarMe ha encantado la escena
Saludos
¡Qué bonita escena!
ResponderEliminarAl principio esta bilogía no me llamaba la atención pero, la verdad, poco a poco entre todos los que compartís fragmentos y opinión, me estáis metiendo en ganas jeje.
Un besín desde - Tejiendo Ideas ✿ Cosiendo Palabras -
hola,
ResponderEliminarque bonito fragmento, no se si tengo apuntado este libro (creo que no)... voy a mirarlo porque me ha llamado mucho la atencion
Besotessssssssssssssssssss
Hola ^^
ResponderEliminarVengo solo a saludarte xD porque no creo que pudiese volver a leer ninguna escena de los libros, ya sabes que no me convencieron :(