—Siempre te he querido.
Aiden hizo un ruido ahogado
y sus labios se dirigieron hacia mí de nuevo. Enterró sus manos en mi pelo,
agarrándome con fuerza.
—Yo no quería… venir aquí.
Me volvió a besar y se echó
hacia atrás, apoyándose en el respaldo. Mi corazón martilleaba contra mis
costillas mientras sus dedos se apartaban de mi cara y comenzaban a bajar. Se
levantó lo justo como para que pudiese quitarle la camiseta y dejarla a un
lado. Recorrí con las manos cada rincón de su cuerpo y le fui besando hasta
llegar a su pecho. Sentí cómo su respiración se hacía más pesada y susurró mi
nombre como si fuese una súplica. Me cogió los brazos y me devolvió a sus
labios.
Sin decir nada, me solté y
levanté los brazos. Obedeció la orden silenciosa y dejó mi camiseta a un lado.
Sin más aviso, me puse de espaldas, mirándole desde abajo. Sus manos recorrían
mi piel desnuda y sus labios se hundían por mi garganta y la curva de mi
hombro. Besó con ternura cada cicatriz, y al llegar a la que me había dejado
Linard, se estremeció.
Mis dedos jugaban con su
pelo mientras lo atraía contra mí. Sus besos me estaban volviendo loca,
provocaban en mí extrañas y maravillosas reacciones. Susurré su nombre una y
otra vez como una especie de plegaria enloquecida. Me encontré moviéndome
contra él, guiada por un instinto primario que me decía qué hacer. El resto de
nuestra ropa acabó apilada en el suelo. En el momento en que nuestros cuerpos
se alinearon, sentí algo salvaje.
Nuestros besos se hicieron
más profundos, su lengua jugaba con la mía y yo me balanceaba sobre él. Todo
aquello era maravilloso, deliciosamente agradable. Aiden me besó por toda la
piel. Yo estaba perdida en un mundo de sensaciones para las que no estaba
preparada. Quizá no era lo que pretendíamos, pero… estaba pasando.
Aiden levantó la cabeza.
—¿Estás segura?
—Sí —dije sin aliento—,
nunca he estado más segura.







