—No tiene por qué ser así.
Podemos encontrar la manera de que funcione.
Ella ladeó la cabeza, se
humedeció los labios y me susurró:
—No estás jugando limpio.
—No —Echo pensaba
demasiado. Enredé los dedos en su pelo y la besé sin darle tiempo a pensar en
lo que estábamos haciendo. Quería que sintiera lo mismo que yo sentía. Que
disfrutara de la atracción. Quería que me amase.
Su mochila golpeó el suelo
con fuerza y ella comenzó a explorar con los dedos mi espalda, mi cuello y mi
cabeza. Su lengua bailaba frenéticamente pegada a la mía, hambrienta y
excitada.
Sus músculos se tensaron
cuando su mente tuvo tiempo de pensar. La agarré con más fuerza, negándome a
dejarla ir tan fácilmente. Ella apartó los labios, pero no podía apartarse de
mi cuerpo.
—No podemos, Noah.
—¿Por qué no? —la zarandeé
sin pretenderlo pero, si aquello servía para hacerla entrar en razón, lo
volvería a hacer.
—Porque todo ha cambiado.
Porque nada ha cambiado. Tú tienes una familia que salvar. Yo… —apartó la
mirada y negó con la cabeza—. Yo no puedo seguir viviendo aquí. Cuando me
marcho de la ciudad, puedo dormir. ¿Comprendes lo que te digo?
Lo comprendía. Lo
comprendía demasiado bien, casi tanto como lo odiaba. Por eso nos ignorábamos.
Cuando se marchó la primera vez, se me rompió el corazón y juré que nunca
permitiría que volviese a ocurrir. Como un idiota, allí estaba, detonando los
explosivos.
Hundí las manos en su
melena de nuevo y la agarré con fuerza. Pero no importaba mi fuerza, porque los
mechones seguían escapándose de entre mis dedos, así que apoyé mi frente en la
suya.
—Quiero que seas feliz.
—Yo también quiero que lo
seas tú —susurró ella.
La solté y me marché. La
primera vez que conecté con Echo, le prometí que la ayudaría a encontrar
respuestas. Era un hombre de palabra y pronto se daría cuenta.











