Él colocó cuidadosamente la peineta de marfil en el tocador, junto a su pareja. La joven se disponía a repetir su pregunta cuando la mano de él volvió a subir de forma inesperada. Ella se quedó paralizada mientras él le rozaba el cabello con los dedos, esparciendo unas cuantas horquillas por el suelo. A continuación la agarró por la nuca, tirándole del pelo, y a ella le pareció leer por fin algo en su forma de mirarla: un anhelo tan tangible que la hizo arder de deseo.Y entonces él hizo lo que no había llegado a hacer en el invernadero. Sus labios se encontraron con los de ella, que había dejado de respirar, temió que él fuese a detenerse otra vez. La idea la atravesó como una puñalada, y le entraron muchas ganas de estirar los brazos, pegarse a él e impedir que se retirase.No hizo falta.Él se sumió aún más en el beso. Apretó tanto los labios contra los de ella que su boca no tuvo más remedio que abrirse para él. La saboreó; el gusto cálido y picante de su lengua le recordó a la joven la selva que se hallaba en el interior del invernadero. Sintió el calor del invernadero, que ascendía desde sus piernas inseguras y se convertía en su vientre en un charco de sol líquido. Envolvió con sus manos la curva del cuello de él y se aferró, pensando que sus rodillas podían muy bien ceder bajo su cuerpo.
Noche oscura en Paris – Page Morgan







